Fue un día gris, aquel ensombrecido y oscuro día en el que tú y yo pasamos la mejor tarde de mi joven existencia, y quizás de la tuya, eso no lo sé pero me atrevería a decir, que este pobre idiota está en lo cierto.
Aquel día aprendí a amar e inicié sin saberlo, un nuevo sendero en mi vida, un sendero lleno de espinas y osbtáculos que me ayudaría a forjar otro aspecto de mi personalidad.
Ese camino hizo sacar lo mejor y lo peor de mí. Lágrimas y carcajadas, sufrimiento y felicidad pero todo aquello sirvió para moldear y curtir a la persona que soy hoy.
Mientras pasaban los años me dí cuenta de que mis pies seguirían pisando espinas y saltando obstáculos, pues la vida no es otra cosa que comenzar caminos inciertos y superarlos para volver a retornar, a pisar la arena, el polvo que seremos de nuevo.
Hoy, 50 años después aún te llevo en mí mente, pues gracias a ti inicié ese sendero tan importante, que tras años y años caminando por él pude encontrar.
Recovecos, espacios que me hicieron topar con un gran muro, un muro llamado FELICIDAD.
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